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    Un frío y desapacible sábado del mes de febrero del año 2001 fuimos Ignasi y yo a visitar esta casa en Mallorca. Era un encargo de la revista Domus para redactar un texto que Ignasi había aceptado con la generosidad y abertura de miras que lo caracterizaban (fue publicado en el Domus nº 836, abril 2001).
El viaje es largo (aviones más un lento trayecto en coche) y dio ocasión a intensas conversaciones llenas de complicidades y proyectos de futuro. Unos días más tarde, su muerte repentina significó para mí y para muchos otros, un mazazo.
Su figura había representado en el contexto local el único punto de referencia y protección para los entonces jóvenes; en un entorno caracterizado más bien por el nepotismo, la adulación hacia los poderes fácticos, y la mediocridad.
Su ausencia todavía pesa sobre todos nosotros.
El azar quiso que este texto fuera su último texto.

Josep Lluís Mateo. 2002

   

DEDALO Y ARIADNA
Ignasi de Solà-Morales

"... Por una parte, lo singular abraza lo plural; por otra, lo plural se contiene en lo singular. Lo singular primero se expande y luego se contrae. Lo plural se contrae para después crecer y desplegarse". (Aldo Van Eyck. CIAM'59. Otterloo).

Está al borde del mar, junto al agua, en la bahía de Alcudia, al norte de Mallorca, en un lugar que tiene ante sí la sublime inmensidad del horizonte azul mientras en su entorno, un tanto residual, han crecido acá y allá pequeños edificios irrelevantes, de incierta presencia, incapaces de producir ninguna sensación de orden.

La casa que ha construido José Luis Mateo se levanta enhiesta, sobre sí misma, con una aparente indiferencia al entorno, a la topografía local, sólo atenta al gran espectáculo del mar abierto y al mundo inmediato que la propia casa va a generar.

Como un objeto solitario, depositado cautamente en un lugar privilegiado, de espaldas a lo que le rodea, lo primero que vemos es un artefacto sólido, contundente, resultado de una estudiada articulación de dos prismas elementales. Un gran volumen corre de norte a sur, desde el declive de la ladera de la montaña hacia el mar, blanco y rotundo, penetrado por otro volumen perpendicular, de altura superior aunque muy liviano, de color azul intenso, que maclandose en el primero irrumpe en él sin llegar a atravesarlo. Este es el gesto fundamental que define el edificio. El encuentro duro, pero cuidadosamente medido, de dos piezas en el espacio. Una operación elemental, en la mejor tradición abstracta, donde el equilibrio aparente deja paso a la tensión entre las dos formas como energía sustentante del objeto complejo colocado en el espacio vacío.

Una concepción escultórica, en algún sentido. No retórica ni grandilocuente sino calibrada y sabiamente contrapesada sin renunciar a la fuerza del gesto primordial.

Esta decisión primera, el "parti" del edificio, no se detiene. Es sólo el comienzo de un proceso de elaboración creciente, por estratos sucesivos, que tratará de introducir diversidad a la aparente simplicidad del primer movimiento.

El doble cuerpo básico actúa también centrífugamente, de dentro hacia fuera provocando excrecencias, roturas, desplazamientos, vaciados. Es como si el edificio, dotado de una poderosa energía interna, comenzase a presionar en múltiples direcciones que afectarían de maneras diversas a la superficie del mismo.

Cuerpos bajos, porches, volúmenes sobresalientes, rampas hacia el subterráneo, muescas en las aristas de los ángulos, perforaciones, constituyen una suerte de sarpullido sobre el cuerpo contundente de los dos volúmenes maclados.

El edificio se expande. Presiona desde dentro, reclamando la rotura de unos volúmenes demasiado elementales para contener toda la energía que albergará en su interior. Se trata de un crecimiento rizomático, a la búsqueda de multitud de intereses, colonizador. Es una fuerza que establece transparencias, micro-ambientes, desdoblamiento de circulaciones, visuales, espacios in-between, reciprocidades.

Ni el universo encerrado en sí mismo de la Ville Savoie ni el orgánico desparramarse de la casa Kaufmann.

Se trata de otra estrategia totalmente distinta. La inicial concepción autista del objeto en el paisaje se somete a la energía que, incansablemente, dinamiza el interior. Porque éste es un microcosmos lleno de ilimitadas situaciones. Arriba y abajo; delante y detrás; alto y bajo; subida y bajada; abierto y cerrado.

El interior de esta casa es un laberinto inacabable de espacios: conectados, separados, fluidos, rotundamente conformados. Una ansiosa necesidad de no renunciar a crecientes posibilidades, un infatigable esfuerzo por asumir otras ocasiones, dan como resultado un sistema interior de una riqueza impensable inicialmente ante la contundencia de los gestos fundacionales. Con una extremada elaboración la pluralidad de intenciones crece por dentro del edificio expansionándose hacia fuera y consiguiendo, de este modo, que lo que podía haber sido pureza minimalista se convierta en exceso y dispersión, presionando contra la matriz formal originaria.

La casa genera paisajes: interiores, intermedios, contiguos, aledaños. Una inacabable secuencia de visiones, ambientes, umbrales, convierte el edificio en el microcosmos enunciado más arriba. Un microcosmos ahora carnoso, denso de realidad, material y táctil, en el cual las decisiones técnicas y de gusto se hacen inteligibles y aparentes desplegándose sin otra coerción que la impuesta por una soberana decisión de la medida que conviene a cada cosa.

Lo que en el primer encuentro puede parecer abstracto, elemental, in vitro, casi reductivo, se anima, es decir se carga de alma, de vitalidad concreta, cuando el proyecto asume la contaminación que el espacio vivido reclama a la forma geométrica básica propuesta como primera configuración.

En general tendemos a valorar la unidad de la idea, el proceso rectilíneo que va de lo general a lo particular o viceversa. Una inconsciente pereza nos lleva a privilegiar los procesos claros y distintos.

Partir de lo dual, de la colisión de intereses. Trabajar desde una concepción de la vitalidad como conflicto, como ardua tarea para acoplar lógicas inevitablemente distintas no ha sido el modo más habitual de pensar la arquitectura. Pero una arquitectura de la diferencia no puede hacer otra cosa más que aceptar este trabajo, la fatiga de hacer posible la recta y el laberinto, lo razonable y lo deseado.

Dedalo, el héroe minóico, el mítico primer arquitecto, es a la vez el autor de las más vivas estatuas representando a Atenea pero también es el constructor del laberinto, la complejidad en la que sólo el hilo que él le ha dado a la bella Ariadna permitirá encontrar trabajosamente el camino a través del cual será posible liberarla.